#ColumnadeOpinión LOS DEFENSORES DEL EGO

Desde mi esquina he visto partidos perder elecciones por muchas razones. Por malas candidaturas, por soberbia, por pleitos internos y hasta por creer que una estructura partidista puede sustituir a la realidad.
Pero lo que está haciendo el PAN en San Miguel merece capítulo aparte: mientras desde distintos niveles se habla de construir entendimientos rumbo a 2027, aquí algunos parecen más ocupados en ganar el partido que en ganar la elección.
El caso de Juan Pascualli es la mejor muestra. Sus números preliminares pueden ser buenos dentro de la militancia y nadie tendría por qué regateárselos. El problema empieza cuando una victoria interna pretende convertirse automáticamente en viabilidad electoral. San Miguel no se gana con 148 votos panistas. Se gana entendiendo una ciudad, sumando estructuras, construyendo acuerdos y aceptando que una elección constitucional es bastante más grande que una interna.
Pero en San Miguel parece sobrevivir una vieja enfermedad azul: el ego villarrealista.
No sería la primera vez.
Cuando Luis Alberto Villarreal buscó reelegirse como presidente municipal, terminó construyendo una campaña alrededor de sí mismo y no alrededor del PAN. Hizo a un lado cuadros, estructuras y liderazgos del propio partido; entre ellos, al entonces delegado Christian Cruz. La lógica fue clara: primero el proyecto personal, después el partido.
Y el resultado también fue claro: perdió frente a Mauricio Trejo.
Aquella derrota debería haber dejado una lección elemental: nadie es más grande que la estructura que pretende representar. Pero años después, la sensación es que algunos quieren repetir la fórmula. Cambian los nombres, cambian los operadores, cambian los discursos, pero permanece la misma tentación: controlar el partido antes que construir una mayoría.
Por eso hoy importa observar a quienes operan alrededor de Juan Pascualli y a personajes como Fernando Macías, porque detrás del discurso de renovación vuelve a asomarse una forma muy conocida de entender la política: cerrar filas alrededor de un grupo, desplazar a quien no pertenece a él y confundir disciplina interna con fortaleza electoral.
Y ahí aparece también personajes que se venden como analistas con visión de ajedrecistas, que son capaces de moverse con Juan Pascualli y mantener al mismo tiempo cercanía política con Osvaldo García. Lo cual es verdaderamente contradictorio. Pero cuando los proyectos empiezan a importar menos que las posiciones, lo que queda ya no es estrategia política: es administración de conveniencias.
La renuncia de Luis López, un panista relevante (les guste o no) que nunca perteneció al círculo de Luis Alberto tampoco es un detalle menor. Porque una estructura puede presumir participación, urnas y porcentajes, pero si en el camino expulsa, margina o pierde a quienes no forman parte de la cúpula, quizá está ganando una interna mientras reduce su capacidad para competir afuera.
La ironía es magnífica: los llamaron Defensores de la Patria.
Pero en San Miguel algunos parecen defender primero al grupo, luego al ego y después, si todavía queda espacio, al partido.
Desde acá, el Mono Verde ya vio esa película.
La primera vez terminó con Luis Alberto perdiendo la Presidencia.
Y cuando la política se niega a aprender de su propia historia, normalmente la historia termina cobrando otra vez.
[El vigía del mono verde]
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