
#ColumnadeOpinión
_Por el vigía del mono verde_
Hay una diferencia enorme entre hacer periodismo y hacer militancia.
Y no, no tiene que ver con ser crítico.
La crítica es necesaria. Incomodar al poder es parte del oficio. Cuestionar, investigar y exhibir abusos debería ser la regla y no la excepción.
El problema empieza cuando alguien deja de investigar para insultar. Cuando sustituye datos por apodos. Cuando la información incómoda se cambia por rumores convenientes. Cuando el físico del personaje importa más que sus decisiones. Cuando la evidencia estorba porque ya existe una sentencia previa.
Eso no es periodismo valiente.
Es militancia con credencial de prensa.
Porque el periodista puede tener opiniones, simpatías y hasta antipatías, pero tiene una obligación: poner los hechos por encima de sus emociones.
El militante hace lo contrario.
Si el político que le gusta se equivoca, lo justifica.
Si el político que detesta hace algo bien, lo minimiza.
Y si no encuentra un dato que sostenga su narrativa, inventa una sospecha, un rumor o una insinuación.
Después le llama “periodismo crítico”.
No lo es.
Es propaganda con micrófono.
Y el daño no se queda ahí.
Porque cuando alguien ocupa espacios que representan al gremio, habla en nombre de periodistas, presume defender la libertad de expresión y luego utiliza esos espacios para promover únicamente su agenda personal, termina perjudicando a todos.
Peor aún cuando convierte el desacuerdo en traición.
Si no estás con él, eres enemigo.
Si no aplaudes, eres vendido.
Si cuestionas sus métodos, eres parte del problema.
Así nace una paradoja extraña: quienes exigen tolerancia suelen ser los menos tolerantes con las opiniones distintas.
El periodismo no puede funcionar bajo la lógica de pandillas.
No se trata de quién grita más fuerte ni de quién tiene el apodo más ingenioso para burlarse del adversario.
No se trata de quién acumula más enemigos para alimentar su personaje.
Se trata de verificar.
De contrastar.
De aceptar que los hechos a veces contradicen nuestras simpatías.
Porque el día que un periodista decide que su causa vale más que la verdad, deja de informar y comienza a militar.
Y está en su derecho.
Lo único que no debería hacer es seguir fingiendo que hace periodismo.
Porque una cosa es tener una postura.
Y otra muy distinta es usar la credibilidad del oficio para disfrazar resentimientos, campañas personales o guerras políticas.
Y en San Miguel de Allende eso cada vez funciona menos.
Esta ciudad merece crítica seria, investigación rigurosa y debate de altura. Merece periodistas incómodos para el poder, sí, pero también responsables con la verdad. Merece voces que cuestionen, no que insulten; que documenten, no que inventen; que informen, no que manipulen.
San Miguel es demasiado importante para reducirlo a una guerra de egos o a la lógica infantil de “los míos contra los tuyos”.
Aquí la gente puede coincidir o no, apoyar o criticar, votar por unos o por otros.
Pero lo que cada vez tolera menos es que quieran verle la cara de tonta.
Porque el respeto a la sociedad empieza por respetar su inteligencia.
Y quien subestima a los sanmiguelenses, tarde o temprano descubre que el problema no era la crítica que hacía.
Sino la credibilidad que perdió.

